Siestario e insomnio

Pedro Mairal


Los medios anuncian que se abrió en el microcentro porteño un lugar para ir al mediodía a dormir la siesta, llamado siestario. El término me sonó a Bestiario, el libro de Cortázar, donde el aluvión zoológico, mutado en distintos peligros invisibles, acecha a los personajes. Podría escribirse un Siestario con las pesadillas diurnas de las diferentes siestas de unas ocho personas en esos nuevos cubículos del centro. Hay que pagar de ciento cincuenta pesos para arriba para dormir la siesta en Capital. El servicio ofrece una especie de coach de siesta que te ayuda a conciliar el sueño. No se me ocurre una idea que provoque mas insomnio que esa.

En la provincia todavía la siesta es sagrada, la siesta de persianas bajas, la siesta de pijama y padrenuestro. Esa hora en la que todo se entrega a la pesadez y se deja caer, el perro en las baldosas frescas del patio, los dueños de casa en su cama, o en la cama de los otros (una vez vi una leyenda de camión que decía “En la cama de los vivos, este gil duerme la siesta”). En el interior del país, querer ir contra ese reloj biológico puede ser desesperante. Mejor dejar de existir de 2 a 4 y en verano hasta las 5, casi 6 de la tarde. Mejor no intentar trabajar, ni hablar con alguien, ni encontrar al médico, al albañil, al ferretero. Es una noche blanca esa hora y debe ser respetada. Hay que entregarse al abombamiento del canto de las cigarras cayendo a pique, al zumbido de la siesta, las vuvuzelas de Dios burlándose del despierto, el vertical, embarullándolo hasta hacerlo caer.

Si fuera más barato, menos new age, tendría éxito el siestario porteño. En Buenos Aires ya la gente no duerme la siesta, apenas hace la digestión navegando en internet en la PC de la oficina. Los picos de visitas en los diarios online son a esa hora. A lo sumo, si el oficinista siente que se desnuca de sueño, va al baño y sentado sobre la tapa del inodoro descabeza un mini desmayo desesperado. Podría ser peor: en el hacinamiento de la Revolución Industrial en Inglaterra, los obreros dormían apenas unas horas a la noche, parados, con el cuerpo apoyado por las axilas en una larga soga.

La búsqueda del pasado

(El cultural, Abc, Madrid, 16 de octubre de 2010)


SALVATIERRA
PEDRO M Ai RAL
ElAleph. Barcelona, 2010 136 páginas, 18 euros

La última novela de Pedro Mairal está urdida con un delicado simbolismo. Se lee con tal facilidad que el lector sospecha de que cada detalle está concebido con minuciosa premeditación para contribuir a una trama que quiere ir más allá de lo narrado. La historia sucede en Argentina, a orillas de ese río que la une y la separa de Uruguay, pero podría suceder en Polonia o la India y en cualquier época Sumariamente el argumento transcurre así: tras la muerte de su padre, el protagonista emprende una búsqueda para conocer a aquel Salvatierra del que procede. Pero este resumen freudiano es insuficiente porque con cada detalle que el narrador incorpora descubrimos un nuevo espacio de significaciones. La rumia de Miguel Salvatierra sobre el pasado la alimenta una incómoda herencia: el padre pintó durante años un gran cuadro que, como un larguísimo mural chino, avanza en el tiempo consumiendo metros y metros de tela. En esa magna cinta dibujada con la paciencia de los años está todo: es un gran libro de memorias, una caja de Pandora, un complicado río de imágenes que representa el río del tiempo y, para mayor virtuosismo, simula el infinito, pues el principio y el fin se anudan.

Atmósfera opresiva
Un detalle más: el padre -nuevo Funes-, tras sufrir un accidente con un caballo, quedó mudo: para hablar, pinta. A esa tira casi inacabable le falta un tramo, el que corresponde a 1961. La búsqueda de ese lienzo y lo que revelen las escenas en él pintadas constituirán el centro de la novela. Como en un relato de Kafka, los sucesos ocurren con extraña naturalidad y poco a poco acaban enredándonos en una atmósfera opresiva. Mairal cuenta para transmitirnos los misterios que los hechos mismos suscitan y evita los discursos explicativos. Consigue que las preguntas se agolpen al final de la lectura y que la principal sospecha crezca inquietante: ¿qué sabemos de quienes estamos más cerca.

ARTURO GARCÍA RAMOS

La importancia del deporte

por Pedro Mairal

(leído el 2 de oct de 2007 en el ciclo Confesionario organizado por Cecilia Szperling en el CCRojas, BsAs)
El jueves pasado cumplí 37 años y la gente que no me conoce me ve y cree que todavía no pasé los 30. Siempre tuve este desfasaje entre mi cuerpo y mi edad. Ahora ya no me molesta, incluso me alegra porque veo a mis amigos quedándose pelados, echando panzas y canas mientras yo sigo como Dorian Gray, escondiendo un cuadro que envejece por mí [SIGUE ACÁ]