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Hoy temprano


Pedro Mairal

Salimos temprano. Papá tiene un Peugeot 404 bordó, recién comprado. Yo me trepo a la luneta trasera y me acuesto ahí a lo largo. Voy cómodo. Me gusta quedarme contra el vidrio de atrás porque puedo dormir. Siempre estoy contento de ir a pasar el fin de semana a la quinta, porque en el departamento del centro, durante la semana, lo único que hago es patear una pelota de tenis en el patio del pozo de aire y luz que está sobre el garaje, un patio entre cuatro paredes medianeras altísimas y sucias por el hollín de los incineradores. Si miro para arriba, en ese patio parece que estuviera adentro de una chimenea; si grito, el grito apenas sube pero no llega hasta el cuadrado de cielo. El viaje a la quinta me saca de ese pozo.

En la calle hay poco tránsito, quizá porque es sábado o porque todavía no hay tantos autos en Buenos Aires. Llevo un autito Matchbox adentro de un frasco para capturar insectos y unos crayones que ordeno por tamaño y que no me tengo que olvidar al sol porque se derriten. A nadie le parece peligroso que yo vaya acostado en la luneta. Me gusta el rincón protector que se hace con el vidrio de atrás, al lado de la calcomanía de la Proveeduría Deportiva. En el camino miro el frente de los autos porque parecen caras: los faros son ojos, los paragolpes son bigotes, y las parrillas son los dientes y la boca. Algunos autos tienen cara de buenos; otros, cara de malos. Mis hermanos prefieren que yo vaya en la luneta porque así tienen más lugar para ellos. Yo no viajo en el asiento hasta más adelante, cuando hace demasiado calor o cuando ya no quepo en la luneta porque crecí un poco. Tomamos una avenida larga. No sé si es porque hay muchos semáforos pero vamos despacio, además después ya el Peugeot está medio roto, tiene el caño de escape libre y hay que gritar para hablar; una de las puertas de atrás está falseada y mamá la ató con el hilo del barrilete de Miguel.

El viaje es larguísimo. Sobre todo cuando no están sincronizados los semáforos. Nos peleamos por la ventana, ninguno de los tres quiere sentarse en el medio. En la General Paz nos turnamos para sacar la cabeza por la ventana con las antiparras de agua de Vicky, para que no nos lloren los ojos por el viento. Papá y mamá no dicen nada. Salvo cuando pasamos por la policía, ahí hay que sentarse derechos y estar callados. Cuando ya tenemos el Renault 12, a Miguel se le vuela por la ventana medio pilón de figuritas de Titanes en el Ring y papá frena en la banquina para juntarlas porque Miguel grita como un enloquecido. Yo veo de repente que se nos acercan dos soldados apuntándonos con la metralleta, diciendo que estamos en zona militar. Le hacen preguntas a papá, lo palpan de armas, le revisan los documentos y después tenemos que seguir viaje sin juntar las figuritas que quedan ahí desparramadas, incluso la autografiada por Martín Karadagián.

Papá busca música clásica en la radio, a veces consigue sintonizar bien la emisora del Sodre. Nosotros estamos a las patadas en el asiento de atrás cuando de repente papá sube el volumen y dice "escuchen esto, escuchen esto" y hay que hacer una pausa silenciosa en medio de una toma de judo para escuchar una parte de un aria o de un adagio. Después, cuando llegan los pasacassettes para autos, el viaje a la quinta se hace bajo el dominio absoluto de Mozart. Miramos pasar hacia atrás el camino prolijo, los árboles podados con los troncos pintados de blanco, y escuchamos los quintetos para cuerdas, las sinfonías, los conciertos para piano, las óperas. Vicky lidera rebeliones para tapar a las sopranos de Las bodas de Fígaro o de Don Giovanni con nuestro cántico filial favorito que dice "Queremos comer, queremos comer, sangre coagulada revuelta en ensalada...". Pero después Vicky empieza a traer libros para el viaje y los lee sin prestarle atención a nadie, en silencio, cada vez más enojada, porque la obligan a venir, hasta que le dan permiso para quedarse los fines de semana en el centro para ir al cine con sus amigas, que ya salen con chicos, y entonces Miguel y yo tenemos cada uno su ventana indiscutible, aunque invitemos a un amigo.

Sentimos que no vamos a llegar nunca. Hay largas esperas a medio camino mientras mamá compra muebles de jardín o plantas, aprovechando que papá se quedó trabajando en casa. Con Miguel jugamos en el asiento de atrás a ver quién aguanta más sin respirar; cada uno le tapa el tubo del snorkel al otro para que no haga trampa, o, si no, improvisamos un partido de paleta con un bollo de papel y las dos patas de rana. Esperamos tanto que Tania se pone a ladrar, porque no aguanta más encerrada en la parte de atrás de la Rural Falcon que tenemos después del Renault. Entonces aparece mamá, con plantas o macetas o algún mueble que hay que atar al techo, y seguimos viaje.

Los amigos que invita Miguel van cambiando. Yo los miro con asombro, con ansiedad perversa, porque sé que cuando lleguemos van a empezar a caer en las trampas que Miguel deja siempre preparadas: el ratón muerto dentro de las botas de goma para el invitado, el fantasma del galpón, la farsa de los chanchos asesinos, el pozo tapado con hojas y ramas al lado de la fila de palmeras que se ve desde la casa. Dentro del auto, en los embotellamientos de la ruta a media mañana, yo miro a los amigos de Miguel y paladeo por primera vez el mal. Prefiero a los confiados y prepotentes, porque sé que les va a resultar más intensa la humillación de esas trampas en las que yo colaboro de un modo oblicuo, indefinido. Los invitados de Miguel casi nunca vuelven a venir.

Cuando terminan el primer tramo de la autopista y ponen el peaje, el tráfico avanza mejor. Vicky va por su cuenta, con amigas que tienen auto. Papá ya casi no viene. En la Rural destartalada, mientras mamá maneja, Miguel me usa el cuaderno de dibujo garabateando planos y elaborando estrategias para espiar a las amigas de Vicky cuando se cambian. Después Miguel empieza a venir cada vez menos, y yo tengo todo el asiento de atrás para dormir. Mamá frena y me despierta para que le ponga agua al radiador, que pierde y recalienta el motor. Compramos una sandía al costado de la ruta.

En la barrera del tren, donde antes había uno o dos vendedores ambulantes, ahora hay amputados o paralíticos que piden limosna y otros que ofrecen revistas, pelotas, biromes, herramientas, muñecos. También en los semáforos del pueblo que atravesamos piden una moneda o venden flores y latas de gaseosa. A papá le dieron el Ford Sierra de la empresa, que tiene botones automáticos y, como a Miguel lo asaltaron hace poco, mamá me hace bajar los seguros y cerrar las ventanas en los semáforos porque le dan miedo los vendedores. Dice que se le tiran encima y que, además, Duque los puede morder. Después, la excusa del aire acondicionado ayuda a que ya no vayamos más con la ventana abierta. El auto comienza a ser una cápsula de seguridad, con un microclima propio. Afuera cada vez hay más basura, más pintadas políticas. Adentro, la música suena nítida en el estéreo nuevo y mamá tolera con paciencia los cassettes que yo pongo de Soda o de Police.

El auto es más rápido y todo el tiempo parece que estamos por llegar. Sobre todo cuando empiezo a manejar yo, que aumento la velocidad sin que mamá se dé cuenta porque viene tranquila en el asiento del acompañante mirándose en el espejo su último lifting, que le tira la piel para atrás como si fuera un efecto de la aceleración. Después, cuando muere papá, mamá prefiere que maneje Miguel, que volvió como el hijo pródigo, porque Vicky ya está viviendo en Boston. Para mí la ruta se empieza a enrarecer porque manejo el Taunus amarillo del padre del Chino, en el que dejamos cerradas las ventanas, no por miedo a que nos roben sino para que el humo de la marihuana no pierda densidad. Escuchamos Wild horses y hay momentos casi espirituales en los que la velocidad total de la ruta parece cobrar una lentitud serena en el paisaje enorme y chato. Después manejo el auto de la madre de Gabriela, que por suerte es gasolero y no gasta demasiado en las escapadas que nos hacemos cualquier día de semana para estar solos un rato. Ya se está hablando el tema de la expropiación pero es apenas una advertencia, faltan todavía dos gobiernos. Gabriela se pone unos vestiditos que me obligan a manejar con una sola mano y a acariciarle los muslos con la otra, subiendo desde las rodillas lentamente, sin necesidad de poner los cambios porque dejo el motor a fondo mientras Gabriela me pide al oído que no me apure, que esperemos a llegar. Nunca se hizo tan largo el viaje. La quinta está allá lejos, inalcanzable.

Más adelante, a Gabriela le empieza a crecer la panza y viajamos para tratar de integrarnos a la vida familiar. Vamos en el Volkswagen que nos presta su hermano. Ya usamos cinturón de seguridad, ya empezamos a tener miedo de morirnos y faltan pocos kilómetros. Los años pasan hacia atrás cada vez más rápido. Hay muchos más autos en la ruta y más peajes. Están terminando la autopista. Frenamos en una estación de servicio, discutimos. Gabriela llora en el baño. Tengo que pedirle que salga. Después compramos el baby-seat para Violeta y ella va chiquitita y dormida en el asiento de atrás, también con cinturón de seguridad. Los tres atados.

Piso el acelerador porque quiero llegar temprano para almorzar. Gabriela dice que no importa, que podemos parar en el Mc Donald's. Discutimos. Gabriela me desprecia. Yo me pongo los anteojos negros y acelero más. Aprovecho el viaje para escuchar demos de jingles para radio. Aprieto con las manos el volante del Escort. Falta poco. Gabriela me pide que vaya más despacio, después deja de venir, se va con Violeta a lo de la madre los fines de semana. Manejo solo, escucho los conciertos para piano de Mozart en compacts que suenan perfectos. El motor de la 4x4 no hace ruido. La autopista está terminada, con alambre a los costados para que no cruce la gente. Voy por el carril rápido. Miro el velocímetro: ciento sesenta y cinco. Estoy por pasar por el lugar exacto. Veo de lejos las tres palmeras y espero a que se alineen. Se acercan, me acerco, hasta que la primera palmera tapa a las otras dos y digo "acá", y es como si lo gritara, pero lo digo despacio, lo digo en el punto exacto donde estaba la casa antes de la expropiación, antes de que la demolieran y construyeran arriba la autopista. Siento que por una milésima de segundo paso por adentro de los cuartos, por arriba de la cama donde jugábamos con Miguel a Titanes en el Ring, paso por las tumbas de Tania y Duque entre las plantas de mamá, paso por un olor húmedo y metálico, por un sabor a ciruelas verdes tiradas en el fondo de la pileta para bucearlas más tarde, paso por el miedo a una culebra que salió cuando dimos vuelta una chapa, por la noche de lluvia en que jugamos a embocar una pelota en el único cuadrado roto de la ventana para obligarnos a buscarla con linterna entre los sapos y los charcos. Ahora es un malón incesante de autos que pasa por encima del fantasma de la casa. Son las doce en punto y el sol resplandece en el asfalto. Soy un hombre divorciado, un publicista que va al country de su hermano por primera vez y se olvidó las instrucciones de cómo llegar y está perdido, un hombre que no sabe dónde frenar y sigue viajando en el auto desde que salió hoy temprano, hace mucho, acostado en la luneta de atrás.

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(Hoy temprano, Aguilar, 2001)

Early this morning

by Pedro Mairal
(from the short story book titled "Hoy temprano", Clarín Aguilar, 2001)
(translation: Panorama Magazine)

We leave early. Dad has a reacently purchased maroon Peugeot 404. I climb up into the space next to the rear windshield and lie down lengthwise. I’m comfortable there. I like to be up against the back window since I can sleep. I’m always happy when we spend the week-end at the villa, because at the apartment in town, all I do all week es kick a tennis ball around the patio in the light well on top of the garage, a patio set between four very high party walls stained with soot from the incinerators. When I look up, the patio feels like it’s inside a chimney; when I yell, the noise barely rises and does not touch the square of sky. The trip to the villa takes me out of that well.

There is little traffic on the road, perhaps because it is Saturday, or perhaps because there are still not many cars in Buenos Aires. I bring along a Matchbox car, a jar for catching insects, as well as some crayons that I arrange by size and that I mustn’t leave in the sun because they will melt. No one seems to think it is dangerous for me to lie down next to the rear windshield. I like the protective corner formed by the rear window, next to the sporting goods store decal. Along the way, I look at the front ends of cars because they look like faces; the headlights are eyes, the feders are mustaches and the grills are mouths and teeth. Some cars have kind faces, others have evil ones. My brother and sister like me to ride up near the rear window since this leaves more room for them.

I don’t ride in the seat until further along the way, when it is too hot or later when I’ve grown a little and don’t fit in the rear window anymore. We drive down a long avenue. I don’t know if it’s because of the many stoplights, but we go slowly. After some years of use, the Peugeot is a little rickety; the exhaust pipe hangs loose and you have to shout to be heard; also, one of the rear doors sags and Mom tied it with string from Miguel’s kite.

The trip is really long, especially since the stoplights are not synchronyzed. We fight over the window; no one of us three wants to go in the middle. Along General Paz Avenue we take turns sticking our heads out the window while wearing Vicky’s goggles so the wind doesn’t make our eyes water. Mom and Dad don’t say anything, exept when we pass by the police, and then we have to sit up straight and be quiet. When we’ve moved on to the Renault 12, a bunch of Miguel`s figures of professional wrestlers flies out the window and Dad stops on the shoulder of the road to pick them up because Miguel is screaming like a maniac. I see two soldiers suddently approach, pointing their machine guns at us and saying that we are in a military zone. They ask Dad questions, pat him down for weapons, check his papers and make us go on, leaving the scattered figures behind, including the one signed by Martín Karadagián.

Dad looks for classical music on the radio and sometimes he manages to tune in the Sodre station. We are kicking each other in the back seat when suddently Dad turns up the volume and says, “Listen to this”, and we have to be quiet and stop in the middle of a judo hold to listen to part of an aria or an adagio. When cars come equipped with tape players, Mozart rules the trip to the villa. We watch the long road unfurl behind us as we see the pruned trees with white-painted trunks, and we listen to string quintets, symphonies, piano concertos and operas.

Vicky leads the revolt, using our favorite chant to drown out the sopranos singing the Wedding of Figaro or Don Giovanni: “We wanna eat, we wanna eat, dried blood and rotten meat…” But later Vicky begins to bring books on the trip and she reads them in silence, paying no attention to anyone. She gets angrier and angrier about having to come. In the end, she gets permission to stay in town on the weekends to go to the movies with her friends, who already go out with boys. Miguel and I are each guaranteed a window even if we invite a friend.

It seems like we will never arrive. There are long waits along the way while Mom buys garden furniture or plants, taking advantage of the fact that Dad stayed home to work. In the back seat, Miguel and I play at seeing who can hold his breath the longest. We take turns covering the opening of each other’s snorkel so no one can cheat. Or we impovise a game of paddleball with a wad of paper and a couple of swim fins. We wait so long that Tania begins to bark, because she can no longer stand being shut up in the back of the Falcon Rural we have after the Reanult. Mom reappears with plants or flowerpots or some piece of furniture that has to be tied to the roof, and we drive on.

Miguel invites along a succession of friends. I watch with astonishment and a perverse anxiety because I know that when we arrive, they will fall into the traps that Miguel always prepares: the dead rat in the guest’s rubber boots, the ghost in the shed, the fake killer pigs, the pit hidden by leaves and branches next to the row of palm trees visible from the house. Inside the car stuck in mid-morning traffic, I look at Miguel’s friends and I savor evil for the first time. I prefer the arrogant and conceited ones, because I know they will be even more humillated by the traps in wich, in a vague and sideways fashion, I help to make them fall.

When they finish the first stretch of the highway and start to charge tolls, traffic improves. Vicky travels on her own with friends who have cars. Dad rearly comes anymore. While Mom drives the rattletrap Rural, Miguel uses my drawing pad to scribble plans and invent schemes for spying on Vicky’s friends when they change clothes. Miguel begins to come less often, and I have the whole back seat to sleep in. Mom stops and wakes me up to put water in the radiator, wich leaks and overheats the engine. We buy a watermelon along the way.

There used to be just one or two street vendors at the train crossing gates; now there are aputees and disabled people begging and other people selling magazines, balls, pens, tools and dolls. People also ask for spare change or sell flowers and cans of soft drinks at the stoplights in the town we pass trough. Dad’s Ford Sierra is a company car that has power locks, and since Miguel was robbed not long ago, Mom makes me lock the doors and close the windows at the stoplights since she is afraid of the vendors. She says they press in on her, and besides, Duque might bite them. Later on, air conditioning gives us an excuse to travel with the windows closed. The car becomes a safty capsule with its own microclimate. Outside, there is more and more trash, more and more political graffiti. Inside, the music sounds cleanly in the new stereo and Mom patiently puts up with my tapes of Soda Stereo or The Police.

The car is faster and it always seems like we are just about to arrive, especially when I start to drive, since I step up the speed without Mom realizing it; she sits calmly in the passenger seat using the mirror to study her latest facelift, which has pulled the skin backward as if it was an effect of the acceleration. After Dad’s death, Mom prefers Miguel to drive; he has returned like the prodigal son because Vicky is living in Boston. The route fades as I drive the yellow Taurus belonging to Chino’s father. We close the windows, not because we’re afraid of being robbed, but so as no not dilute the marijuana smoke.

We listen to “Wild Horses” and there are moments that achieve an almost spiritual quality when the fast road slows into serenity across the vast, flat landscape. Later, I drive Gabriela’s mother’s car, which luckily rus on diesel, so the outings we take during the week to be alone for a while don’t cost too much. There is already talk of expropiation, but it is just a hint. Two more goverments will come and go. Gabriela wears short dresses that make me drive with one hand and caress her thighs with the other, running my hand slowly up from her knees. I leave the engine in high gear. Gabriela whispers in my ear to take it easy, we can wait until we arrive. The trip has never seemed so long. The villa is far away, out of reach.

Gabriela’s belly begins to swell and we travel together seeking a semblance of family life. We take the Volkswagen her brother lends us. Nowadays we use seat belts. We begin to fear for death –there are only a few more miles to go. The years race by even faster. There are many more cars on the road and more tolls. They are finishing the high way. We stop at a service station, and we argue. Gabriela cries in the bathroom. I have to ask her to come out. Afterwards, we buy a car seat for Violeta, and tiny and sleepy, she rides in the back seat, also wearing a seat belt. The three of us tied down.

I step on the gas because I want to make it in time for lunch. Gabriela says it dosen’t matter; we can stop at a McDonald`s. We argue. Gabriela sneers at me. I put on my dark glasses and accelerate. I use the trip to listen to demos of radio and jingles. I grip the steering wheel of the Escort. Almost there. Gabriela asks me to slow down, then she stops coming; she takes Violeta to her mother’s on the weekends. I drive by myself and listen to Mozart piano concertos on CDs with perfect sound. The engine of the 4x4 makes no noise. The highway is finished ande there are wire fences along the sides to prevent people from crossing.

I drive in the fast lane. I look at the speedometer: 100 miles an hour. Soon I will come to the exact spot. From the distance, I see the three palm trees and I wait until they line up. They come closer and I come closer, closer, until the first palm tree hides the other two and I say “here”. I feel like I’m shouting, but I’m actually speaking softly. I say it at the exact point where the house stood before the expropiation, before it was demolished and they built the highway over it.

For a millisecond, I feel like I’m inside the rooms, on the bed were Miguel and I played at pro wrestling. I pass by the graves of Tania and Duque among Mom’s plants; I pass through a damp metallic smell, through a taste of green plums tossed in the bottom of the pool for me to dive for later. I feel the fear of seeing the snake that emerged when we turned over a piece of metal. I feel the rainy night when we tried to aim a ball through the only broken pane of the window in order to force ourselves to search for it by flashlight among the toads and puddles.

Now there is only the incessant roar of cars passing over the ghost of the house. It is exactly twelve noon and the sun glitters on the asphalt. I am a divorced man, a publicist going for the first time to his brother’s house in a gated community, a man who doesn’t know how to stop and continues traveling in a car that left early this morning, a long time ago, when he was small enough to lie down in the back window.
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Reseñas sobre Hoy Temprano




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Diario LA VOZ DEL INTERIOR, CULTURA, 2 de agosto de 2001


EL RITUAL NACIONAL

Hoy Temprano / Pedro Mairal

por Carlos Gazzera

Pedro Mairal saltó al espacio mediático de la literatura argentina en 1998, cuando ganó el Premio Clarín de novela con Una noche con Sabrina Love. Inmediatamente, la pregunta fue ¿quién era Mairal, en qué tradición se inscribía?

Más allá de ciertas sorpresas (entre los finalistas había nombres conocidos), aquellos que ya habían leído su único libro de poemas, Tigre como los pájaros (con el cual obtuvo una Mención Honorífica en 1994 de la Fundación Fortabat), sabían que Mairal era un escritor versátil, de un manejo lingüístico preciso, casi aforístico. Mairal está inscripto en esa tendencia al hipercorrectismo que caracteriza a buena parte de la escritura prestigiosa de nuestro país. Sin embargo, aún le quedaba la prueba definitiva: la de publicar –al menos– media docena de buenos cuentos. ¿Cómo recibirse de escritor en Argentina sin publicar cuentos?

Por eso este libro tiene el sabor de un definitivo bautismo. Pedro Mairal ha cumplido con el ritual nacional. Los 12 cuentos que contiene el libro son interesantes y evitan cierta autorreferencialidad literaria. Sus historias transitan la sordidez de la vida cotidiana de los tiempos que corren. La mayoría de los argumentos que nos brinda en Hoy temprano pinta esos mundos fronterizos entre la adolescencia y la adultez. Y lo importante es que ninguna de las historias apela a golpes bajos o salidas inverosímiles.

Algunos finales de estos cuentos rozan lo fantástico –como “Hoy temprano” o “Amor en Colonia”–, pero todos ellos son cuentos legibles, entretenidos, que dejan al lector prendido de la historia.

Los relatos seleccionados tienen además la capacidad de mostrarnos un friso de esos personajes con los que nos rozamos a diario: un médico lleno de frustraciones que sucumbe frente a un ex compañero de secundaria devenido en guía espiritual; o bien una profesora de Lengua y de letras clásicas, divorciada y llena de carencias, que tras su viaje a Grecia no se anima a confesarle a sus amigos que abandonó la aburrida recorrida de museos para estirarse en las doradas arenas de Mediterráneo; o bien la travesura de un adolescente que oferta en Internet la virginidad de su novia; o bien las desesperadas acciones de una mujer de treinta y pico, de buena posición, culta y de familia tradicional, que tras la imposibilidad de quedar embarazada, recurre a soluciones de “antaño”.

Pedro Mairal nació en 1970. Cursó la carrera de Letras en la Universidad del Salvador, donde en la actualidad es profesor adjunto de Literatura Inglesa. Entre sus oficios está el de coordinar talleres literarios y enseñar redacción en un estudio jurídico. Los poemas de sus libros Tigre como los pájaros y Poemas 1997/2000 están disponibles en la página que el autor tienen en Internet (www.pedromairal.com). El director de cine Alejando Agresti filmó su novela Una noche con Sabrina Love. Definitivamente incluido en la literatura nacional con este debut más que auspicioso, nuestro autor deberá sostenerse, de ahora en más, en el mandato borgeano que ha elegido suscribir: ser un buen narrador, y no resignarse a escribir poesía.
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Contando se conoce gente

HOY TEMPRANO / Pedro Mairal / Clarín Aguilar / Buenos Aires, 2001 / 262 págs. $ 16

POR WALTER CASSARA
A primera vista, un rasgo ostensible que se percibe a lo largo de Hoy temprano, libro de relatos de Pedro Mairal, joven narrador galardonado con el Premio Clarín por la novela Una noche con Sabrina Love, es el sonambulismo entusiasta y casi inocente con el cual los personajes deambulan por la cotidianeidad. Perdidos en autopistas o shoppings, en ocupaciones grises o matrimonios frustrados, estos personajes transitan historias circulares y encantadoramente monótonas, al modo de Cortázar (pero de un Cortázar pulido por Soriano).Aunque no siempre acuerden con ella, y trastabillen y pierdan el rumbo, la vida de todos los días, con su cuota irónica de extrañamiento, es su medio ambiente; como si allí percibieran distintas capas de textura, velocidades inauditas que desmienten lo trivial. Confían a rajatabla en las costumbres y convenciones sociales, ejecutando a diario actos elementales como escribir mensajes electrónicos, viajar, tener romances, aburrirse, cambiar de auto, fumar marihuana, mirar noticieros, navegar por Internet, etcétera.
Todo sin mayores obstáculos que los que pone su soterrada inadaptación y bajo el concurso inmóvil de acciones y pormenores cotidianos que la prosa templada de Mairal distingue como recurso narrativo.
Así, en el relato que da título a la compilación, una pareja de amantes que viaja de incógnito a Colonia, ante una sucesión de pequeños desastres e imprevistos, se ve obligada a cambiar de nombre e inventarse una historia que termina por trastrocar y absorber la identidad de ambos. En “La suplencia”, un corrector que llega a una agencia de publicidad para cubrir una vacante momentánea es empujado subrepticiamente a llenar la rutina y acarrear con los objetos y gustos de un muerto. En “La virginidad de Karina Durán”, el himen de una adolescente es ofrecido en subasta por Internet; lo que empieza por un regateo sexual y el encono de un muchacho forzado a la abstinencia acaba por convertirse en una webcam con jugosos rendimientos. Aquí el desliz vale por un destino, la mentira siempre se toma revancha y el hábito tan arraigado de lo real multiplica azares y necesidades superfluas que capitaliza la ficción.
Sin avenirse, en ningún momento, a los trucos de la psicología o el género fantástico, asombra la restricción de medios con la que Mairal consigue hacer auténtico y tangible este friso de personajes; lo cual no es un atesoramiento literario menor, en un panorama maniqueo –el de la actual narrativa argentina– donde se tiende a exaltar, por un lado, el valor sonante de la trama, y por el otro, la delectación barroca en las cuestiones de lenguaje.
Obstinados en la verosimilitud, y de un excesivo mimetismo en la construcción de los diálogos, cada uno de estos doce cuentos deleita con su fluidez y transparencia sintáctica, recordándonos que una historia puede ser también una secuencia lógica, dirigida hacia un efecto preciso.
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Revista Rolling Stone, agosto 2001

Hoy Temprano

Pedro Mairal
(...)
"Hoy temprano reúne doce cuentos de Pedro Mairal cuyo costumbrismo (apoyado en un delicado registro de objetos, detalles, giros coloquiales) los emparienta con su novela anterior. Pero en su nuevo libro irrumpe lo fantástico que, tras los pasos de Cortázar, consiste en el imperceptible pasaje de un mundo a otro. El desplazamiento es ejecutado con discreción hasta el final sorpresivo, como ocurre en "Amor en Colonia", uno de los mejores relatos del libro. Otros cuentos, como "La suplencia" o "El viaje de la profesora Bellini", dejan las cosas al borde de la extrañeza, sin entrar en lo fantástico. Mairal construye sólidos retratos de ciertas zonas de la clase media; una vez que ha levantado ese pequeño mundo, dibuja una grieta que anticipa el derrumbe" Pablo De Santis
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Diario La Nación, 30 de septiembre de 2001

Cuentos de variado registro
HOY TEMPRANOPor Pedro Mairal-(Clarín-Aguilar)-262 páginas-($ 16)
por Eduardo Gudiño Kieffer
Pedro Mairal obtuvo en 1998 el Premio Clarín de Novela por su libro Una noche con Sabrina Love y una mención en el concurso de poesía de la Fundación Fortabat, en 1994, por su poemario Tigre como los pájaros. Pero sólo en este nuevo libro, Hoy temprano, ha logrado demostrar su dominio no sólo del lenguaje sino también de los tiempos y ritmos narrativos, su capacidad para crear personajes y su habilidad para integrar la poesía en la prosa.

Hoy temprano contiene doce cuentos de variados registros. En el primero, que da título al volumen y donde no pude dejar de advertir la benéfica huella de Cortázar, la vida de un hombre es narrada a través de los múltiples viajes en automóvil a un mismo sitio, que se suceden a lo largo de los años. Sutil y elaboradísimo, el cuento resulta sin embargo natural, de lectura fácil y sostenida. Una pequeña gran obra en la que el dominio de los tiempos resulta magnífica lección práctica de escritura.

El lenguaje cotidiano es utilizado por Mairal con naturalidad, sin exabruptos innecesarios. Pero también es admirable que pueda emplear el español del Siglo de Oro ("Amazonia") con increíble fluidez y sin que el lector se sienta transitando por un mundo de palabras y expresiones en desuso.

Si bien los citados son los cuentos que se destacan más en el conjunto, todos los otros son buenos. No faltan en ellos ni el humor ni el patetismo, ni esa mirada del verdadero escritor sobre una humanidad que nunca se encuentra a sí misma. En pocas palabras: un libro que permite creer todavía en que la literatura argentina es posible, creíble y auténtica.

Copyright © 2001 La Nación Todos los derechos reservados
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Diario LIBERATION, Francia, 1 de julio de 2004

Literatura extranjera

Argentino sin plata y desplazado

La picaresca en la pampa y el Werther en Buenos Aires, por Pedro Mairal.

Por Philippe LANÇON

jueves 01 de julio de 2004
(...)
Publicado en el 2001, Hoy Temprano confirma y desarrolla el talento de Mairal. Ninguno de estos doce cuentos es anodino. Una mujer joven, aparentemente infértil, quema años de análisis médicos antes de reunirse con una curandera en el pueblo de la infancia de su marido. La curandera la duerme a medias y la hace embarazar por su hijo. La mujer no queda descontenta. Una profesora debe contarles el viaje de su vida por Grecia a sus colegas, que la ayudaron financieramente: ella miente a través de clichés, sin decir nada de lo que en realidad vivió y sintió. Dos hombres, víctimas en su adolescencia de un grave accidente de tránsito, son contactados por otro sobreviviente que ellos salvaron en esa oportunidad. Éste, convertido en un vegetariano adepto a la meditación, ha recuperado la carrocería chocada del vehículo para levantar en medio de su jardín el símbolo de su nueva vida. Los otros dos sueñan con aniquilarlo. En cada cuento, los personajes sufren un defasaje, una contrariedad: lo que piensan o sienten se parece muy poco a lo que viven. Pedro Mairal se instala en esa fisura; la describe con sutileza, con ternura y sin palabras de más.

Existe una tradición del cuento en la Argentina : Borges, Bioy Casares, Cortázar. Estos autores revelaron la cotidianeidad de lo fantástico. Los textos de Mairal son menos fantásticos que cotidianos, como en algunos autores anglosajones. El autor es, además, profesor de literatura inglesa y ha publicado dos libros de poemas que no están traducidos : Tigre como los pájaros y Consumidor final.
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Por Mauricio Videla y Pablo Grasso

Mairal no tiene el aspecto de un deportista. Tiene los hombros hundidos y el pecho ajustado al desgarbo. Se viste como un profesor adjunto de una cátedra de literatura inglesa. Aunque no puede ocultar su aspecto de eterno adolescente. En el pasillo del auditorio fluyen las personas que contaminan cualquier buena historia, tímidamente se pone la mano en la boca como haciéndonos cómplices de un secreto: "Me crié con mi madre y mis hermanas. Casi no conocía a mi padre porque él llegaba tarde. Cuando llegué a la adolescencia lo empecé a hacer enojar y me encontré con él en el diálogo."
-¿Cómo era ese mundo de mujeres?
-A veces venía mi abuelo a dormir a casa y yo dormía en el cuarto de mis hermanas. Ellas me decían que me diera vuelta y se cambiaban. Les preguntaba: ¿ya está? y respondían: No (risas). Me tenían un buen rato así. Me torturaban con eso, me daba vueltas y ya se habían cambiado. Creo que me intriga saber lo que pasaba a mis espaldas.
-Ese secreto femenino...
-Sí, eso que no se puede mirar. Una creciente curiosidad me convirtió, un poco, en voyeur. De alguna manera, una exacerbación del fenómeno femenino. Creo que todos los escritores somos un poco voyeurs o mirones.
-Los lectores también...
-En cierta forma cuando vos leés estás espiando. Por eso muchas veces me molesta cuando estás leyendo y el escritor dice: "querido lector", es como que te sorprende espiando. Lo mejor es contar las historias sin que te descubran. Por eso creo que escribo, para descubrir lo que sucedía a mis espaldas.
-Desde qué lugar espiás la historia?
-Hay que tratar de sacar el Yo y dejar paso al mecanismo de la historia. Por ejemplo en "Una noche con Sabrina Love", Daniel va hacia Sabrina y se me cruzó el personaje de Sofía, y la dejé entrar, que la historia buscara sus propias reglas, creo que es algo que tenía que hacer. Si uno trata de forzar o meter su opinión no das lugar a la historia. Tampoco le das lugar al lector para que la historia le funcione adentro suyo. Que el lector imagine, que decida sobre el bien o el mal, y no el escritor. (...) Viste esos amigos que te ponen un disco y te dicen: escuchá esta parte, eso te molesta porque querés escuchar a tu manera. Hay escritores que hacen eso señalándote dónde está lo profundo, y de qué manera hay que opinar frente al personaje. Yo dejo que todos opinen, que escuchen. La profundidad la da el lector, vos la podés sugerir pero no señalar, porque perdés la historia.
-Hablabas de Sabrina Love y Sofía, tus personajes fuertes son femeninos...
-Eso no me lo he propuesto. Ahora me doy cuenta de que escribo sobre mujeres que hacen lo que quieren, que saben manejar sus vidas. Los personajes masculinos por lo general están atrapados en un movimiento, sobre todo el personaje de "Hoy temprano", que está en un auto y no sabe muy bien dónde ir. Es como viajar con el volante roto, atrapado en el movimiento, en el destino. A los hombres me parece que les pasa eso.
-Es una afirmación?
-Las mujeres son dueñas de sus vidas, siempre lo sentí así. Mi madre estudió arquitectura, y mis hermanas son personas que tienen su vidas hechas, una es abogada y la otra analista en sistemas. A mí me interesan esos personajes.
-En "Hoy temprano" abundan los ambientes despojados, la idea del viaje...
-Me interesa el viaje porque es una de las metáforas más viejas de la literatura.
-Pero el libro tiene otras metáforas...
-La noche como la muerte, el sueño, el camino. Me interesa ese cambio, ese mundo que pasa hacia atrás. En realidad la vida es la que pasa hacia atrás, tu vida. (...) Me interesa saber en lo que te vas transformando a lo largo del viaje, de la distancia. En este libro los personajes están atrapados en un viaje y de repente sucede un desvío, algo sale mal.
-El camino se transforma en una instancia de conocimiento?
-Pero no en el sentido del peregrino. En el viaje inevitablemente te van pasando cosas, te vas sacudiendo de un lado hacia otro sin que lo puedas manejar demasiado. No tiene que ver con el aprendizaje, aunque la novela “Una noche con Sabrina Love” tiene mucho de eso, es una estructura muy clásica, el camino del héroe. Pero además tiene que ver con lo que estamos buscando, eso es lo que a mí realmente me interesa, los personajes salen en busca de algo y no logran lo que querían.
-Es como entrar “en el camino”
-No es el típico viaje de los beatniks; aun cuando los personajes rompan la estructura y se liberen, Daniel sale pero no encuentra nada.-Los personajes no son modelos?
-Un personaje, hoy en día, que te sirva de modelo a seguir, me parece que sería un plomo. Salvo que sea un tipo marginal y divertido.
-Tus personajes tienen que ver más con los márgenes que con el centro...
-Hablar de un adolescente es hablar inevitablemente de los márgenes. Eso no tiene nada que ver con que sea drogadicto o alcohólico. El adolescente es marginal por el hecho de que todavía no está inserto en la sociedad, no tiene un rol definido.
-Y cómo era tu adolescencia...
-Yo por lo menos no tuve una adolescencia demasiado arriesgada, pero también me sentía al margen, fuera de todo. Cuando hablo de los adolescentes hablo desde ahí. De la sensación de algo inacabado, de una incomodidad.
-Desde la incomodidad?
-Por ejemplo Daniel en “Una noche con Sabrina Love”, viene de Entre Ríos a Buenos Aires, y cuando llega va a dormir a la casa de un amigo de su hermano. El está todo mojado, cansado y se encuentra con una fiesta de disfraces, marihuana y alcohol. A mí me interesaba mostrar esa suerte de descenso a los infiernos, la incomodidad. Me gusta mucho maltratar a los personajes en ese sentido.
-El maltrato...
-Creo que hay una historia en la medida en que maltratás a los personajes, de lo contrario no pasa nada. Lo mismo hace Cervantes con el Quijote, en la primera parte lo maltrata mucho. Creo que también tiene que ver con la idea del viaje, de la novela del camino.
-Es un acercamiento a Kerouac.
-Ojalá lo hubiera leído a los veinte años, porque hubiese hecho mis vagabundeos con toda una mística desde lo literario que no tenía. Hay una mística muy grande en el viajero, una pobreza por estar en los caminos. Descubrirla ahora a los treinta es una lástima.
-Pero implica también otra lectura a los 30?
-Es otra lectura, pero además me estoy alejando de ese tono. En realidad siento que ya lo hice, no tan bien como Kerouac. Ya toqué ese tema en la novela. Los grandes espacios y viajar, conocer gente al azar, recorrer y mirar sin prejuicio. Descubrir a Kerouac después de haberlo hecho es decir que alguien lo hizo mejor que yo, que lo llevó mucho más lejos. En mi novela Daniel sólo quería pasar una noche con Sabrina Love, implicaba una cosa más erótica.
-Un tema presente en tus historias es la televisión?
-Me interesa la televisión berreta, absurda, y hacer algo con eso. En la primera página de Sabrina Love describo la experiencia del zapping.
-El zapping ...
-Borges en el Aleph parece estar haciendo zapping en la zona de los documentales de animales, donde ves unas imágenes rarísimas. Parece que Borges hubiera inventado el zapping sin haber visto televisión. Me interesa meter la televisión en la literatura; al fin de todo, son experiencias colectivas.
-Es tomar provecho de los códigos de la televisión?
-Quiero decir que si un personaje tiene el pelo negro y desordenado como un héroe de dibujo animado japonés, es mucha más la gente que se siente identificada.Cuando escribís para producir una identificación en el lector apelás a la experiencia colectiva, y la televisión es eso. Shakespeare dice que somos la materia con la que están hechos los sueños, creo que hoy en día, somos la materia con la que está hecha la televisión. Si observás a los adolescentes, se comportan igual que los chicos de Friends. Desgraciadamente somos seres atravesados por lo mediático.
-Eso favorece a la narrativa porque provoca que se muestre solamente?
-También hay una herencia de la literatura del siglo XIX, que dio mucha importancia a la carga psicológica. El mundo literario fue apagando sus acciones y se fue quedando cada vez más quieto; en el siglo XX se quedó inmóvil, para escuchar lo que se piensa, con Proust o Joyce. Creo que ahora se está abandonando el uso de la novela psicológica. Todo explicado, todo visto desde la psicología del personaje. El cine y la televisión están influyendo en la literatura.
-Decís que no creés demasiado en los géneros?
-Lo que pasa es que los cuentos se me vuelven un tanto poéticos y los poemas narrativos. Escribo un cuento largo que termina siendo una novela. De hecho no creo porque no los tengo bien definidos. No los tomo en serio, en general me gusta mudarme de un género a otro.

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Hoy temprano, de Pedro Mairal



Por Marcelo Guerrieri - Culturamas 2010


¿Quién puede darnos un mapa confiable para llegar al amor, la verdad o el heroísmo?, se nos lanza la pregunta desde la contratapa de Hoy temprano; la respuesta son doce cuentos que pueden leerse como doce formas de decir que no existe tal mapa confiable. Para llegar al amor, la verdad o el heroísmo, lo que nos presenta Mairal es una serie de caminos transitados a los tropezones por personajes queribles, más bien perdidos, que oscilan entre el desconcierto y la valentía.

Si el punto de llegada se diluye eternamente, ¿será que buscamos un destino ilusorio?, ¿o es que solo equivocamos el camino? En el cuento que da nombre al libro, se narra un viaje doble: desde la ciudad hacia la casa familiar en el campo, a la vez que viaje en el tiempo, en el que todo se degrada —la familia, la sociedad, la relación de pareja—; “un hombre que no sabe dónde frenar y sigue viajando… desde que salió hoy temprano, hace mucho”; tiempo y espacio se estiran y se enredan en un trayecto en espiral hacia el fantasma del paraíso perdido de la infancia. En cambio, el destino que se han fijado los amantes de Amor en Colonia, es un punto de llegada bien concreto: un fin de semana romántico. Pero se trata de un destino falso ya que allí no han de encontrar aquello que buscaban. Por el contrario, lo que los ha empujado a escapar, acecha en cada gesto. La aventura amorosa se convierte en escape constante hacia el destino que más temen y que irrumpe de manera insólita sobre el final del relato.

En Amazonía y Los héroes nos encontramos con figuras que ignoran su condición heroica; o que, a sabiendas de esta condición, deciden calzarse una máscara risueña y burlarse de la grandilocuencia de sus propios actos. “¡Me cago en Don Cristóbal Colón y su bonete! ¿¡Qué paraíso terrenal ni qué coñazo!?” exclama el narrador de Amazonía mientras la selva se va cerrando a espaldas de un grupo de conquistadores en busca de gloria y riquezas. En cambio, los personajes de Los héroes fundan su condición en actos pequeños. Opuestos a una espiritualidad impostada contraponen un heroísmo del que no son conscientes, construido desde la solidaridad visceral y el desconcierto compartido.

Atesorar —un viaje, la virginidad— convierte a las protagonistas de El viaje de la profesora Bellini y La virginidad de Karina Durán en solitarias guardianas de aquello que han sacralizado. En El viaje… una profesora narra a los asistentes de una peña cultural sus “impresiones de viaje por Grecia”. Pero lo que cuenta es solo un catálogo de lugares comunes mientras que se guarda para sí, atesorándolo, aquello transformador que el viaje tuvo en ella. Atrapada en una narración aséptica, tanto aburre a los concurrentes como se aísla. En La virginidad de Karina Duran, lo que la protagonista sacraliza es su castidad. Esta barrera que impone a la consumación del amor desata una reacción desesperada en el novio obsesionado por franquearla. El cuento trepa hasta los límites del delirio con una resolución extrema por la vía del absurdo.

Además de Hoy temprano (Ed. Aguilar, Buenos Aires, 2001) —su único libro de cuentos—, Pedro Mairal ha publicado tres novelas: Salvatierra (2008), El año del desierto (2005) y Una noche con Sabrina Love (1998); y dos libros de poesía: Tigre como los pájaros (1996) y Consumidor final (2003). En el blog del autor (pedromairal.blogspot.com) pueden leerse algunos cuentos de Hoy Temprano y diversos textos relacionados con su obra.

(En Culturamas, julio de 2010)