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El Gran Surubí - completo online

Ya está en las librerías, en papel. Pero acá va completo online y como salió en Orsai.




EL GRAN SURUBÍ, de Pedro Mairal. 
Ilustrado por Jorge González
























"El Gran Surubí" en libro













Novela en sonetos. Ilustrada por Jorge González. 


Audio del capítulo I
Reseñas

El gran surubí

Pedro Mairal

Escribí una novelita en sonetos que se llama “El gran surubí”. La historia ocurre en una Argentina de pesadilla. El país se quedó sin carne y hay poca comida. En medio del caos, el Ejército recluta a los varones mayores de edad. Los saca de sus casas, de los bares, de donde sea. Los arrastra a empujones, los uniforma y los obliga a pescar. En los afluentes del río Paraná crecieron surubíes enormes que son atrapados por gomones de Gendarmería y suministrados a los habitantes del conurbano.

En las profundidades viscosas, además, existe un surubí gigante (una especie de Moby Dick) que todos los Regimientos quieren pescar como trofeo. Los soldados pasan hambre, frío, tienen sexo entre ellos, pescan de noche, mueren ahogados, quieren escapar.

“El gran surubí” está escrito en seis capítulos de diez sonetos cada uno, ilustrados por Jorge González. La revista Orsai lo fue publicando como folletín en los números del 2012. En orsaipad hay una versión con el audio leído por mí, para iPad y iPhone. En 2013 sale el libro en papel. Va un video con el avance del audio y los dibujos del Capítulo I.


 




La lira y lo berreta

(Revista Llegás, mayo 2013)

PEDRO MAIRAL PRESENTA EL GRAN SURUBÍ, SU NUEVA NOVELA ESCRITA EN SESENTA SONETOS Y CON ILUSTRACIONES DE JORGE GONZÁLEZ, UNA JOYA DE LA EDITORIAL ORSAI. 

“nos llevaron en fila hasta el vestuario
y llenaron de a poco una planilla
nos dejaron tomar de la canilla
después de contestar un cuestionario
grupo sanguíneo edad nombre de pila
profesión estatura enfermedades
estudios y demás formalidades
nos vieron con linterna la pupila
nos hicieron quedarnos en pelotas
nos palparon la verga y el prepucio
era un médico trucho medio sucio
de anteojos y gomina y mangas rotas
nos miraron el culo los sobacos
y el médico gritó vístanse flacos”




El gran surubí Cap. I Soneto VIII



















Un soneto me manda a hacer Violante;/ que en mi vida me he visto en tal aprieto;/ catorce versos dicen que es soneto,/ burla burlando van los tres delante, escribía Lope de Vega en un intento bastante pedagógico de explicar qué es el soneto. Después de Pornosonetos (Vox, 2005), Mairal vuelve a retomar la tradición de los catorce versos de once sílabas. Pero esta vez, adentro de esa forma poética tan célebre como rigurosa, el escritor derrama rareza, humor, incorrección, lenguaje berreta y todo el barro del Río de la Plata. En seis capítulos de diez sonetos cada uno, El gran surubí narra la historia de Ramón Paz, un poeta que junto a un grupo de amigos se convierte en recluso de una extraña industria pesquera militar y es trasladado a la isla Martín García. La sordidez y la violencia se entremezclan con puteadas, referencias a Tinelli y los Simpsons, y todo eso corre en redondo y sin bozal adentro de los barrotes metálicos del soneto. Claro que ahí adentro también nada el surubí, ese pez gigante, casi mitológico, que con su fuerza de titán de río logra arrastrar la historia siempre un poco más allá. 


¿Cómo surge El gran surubí?

Desde que se me ocurrió la historia hasta que empecé a escribirla pasó mucho tiempo. La historia la pensé en el 2007, como una idea para una novela. Me acuerdo que dibujé un bagre y al lado unos tipitos de menor tamaño, nadando al costado. La escala era rara, no sabía si el tamaño del pez era el real o si lo real era el tamaño de los tipitos. Y creo que de ahí saqué la idea de ese pescado gigante de río. Me gustaba la idea de una historia que empezara con unos amigos de fútbol que una noche en una leva los levantan y se los llevan, algo así como el principio del Martín Fierro. 


¿Cómo entran en este proyecto Hernán Casciari y Chiri Basilis, los editores de la revista y la editorial Orsai?

Un día Casciari y Chiri vienen y me piden que escriba una columna para cada uno de los seis números de la revista Orsai del 2012. Entonces a mí se me ocurrió que podía hacer una novelita por entrega y que podía escribir sobre esa especie de Moby Dick, pero cuando faltaban dos días para entregarles el primer capítulo todavía no me había salido nada y me di cuenta que lo que me costaba era eso de tener que explicar. En la prosa tenés que explicar muchas cosas, como hay espacio no hay nada que te demande sintetizar. Tenés que explicar quién es el personaje, en qué barrio vive, cuál es su background. En cambio, en la poesía no. Aunque parezca paradójico, encerrarme en la cajita del soneto es una liberación porque ya no tengo que explicar nada. Creo que la poesía me ayuda a ubicarme en el espacio de lo incuestionable porque lo que no está lo completás vos, está en tu cabeza.


¿Qué otras posibilidades expresivas encontrás en el soneto?

Lo lindo de trabajar con una forma tan rígida es que ella dialoga con vos, es como una escritura de a dos porque vos proponés una idea y la forma te dice “bueno, a esta palabra la podés rimar con esta otra”. Es como jugar con el frontón, la forma te devuelve la pelota y te destraba. La prosa es como una especie de salitral donde no hay límites, ni reglas. A mí esa falta de bordes a veces me termina encerrando en una mudez, porque todo se puede decir. La forma sirve para ayudarte a hablar, para ayudarte a caminar.


Ya con el rigor de la forma asegurada, con lo que resta te permitís crear un espacio bien lúdico, hasta irreverente, ¿se puede decir que es así?

Adentro del soneto vale todo, ahí voy a detonar todo lo que soy, con todas las cosas vergonzantes, la violencia, la misoginia, lo berreta, palabras no prestigiosas, el humor. Como ya lo clásico está dado por la forma, entonces ahí meto lo que venga y que se compacte en la forma del soneto. Después, adentro de esa estructura tan rígida, me divierto con esa tensión que se genera entre el soneto y lo berreta. Me parece que se sacan chispas esas dos cosas. 
Sí, uno se imagina que te divertiste mucho escribiendo esta novela.

Me encantó escribir El gran surubí. Hay mucho miedo al humor en la literatura, ¿viste? Como que el humorista está en una escala menor en el prestigio literario. A mí me gusta meter esas cosas, además el humor está en la literatura argentina. Borges a veces es muy gracioso... También me gustó descubrir que tenía todo eso en la cabeza, poder meter toda la experiencia entrerriana, el río, cositas de Juan L. Ortiz, como ese verso que habla de un pajarito parado en un junco. Lo escribí como en un estado de gracia y me ayudó mucho esto de tener que ir entregándole a Orsai. Igual, sabía que no podía dejar pasar demasiado tiempo entre un capítulo y otro porque estaba en un estado raro de escritura, como esos enviones que hay que aprovecharlos. Lo escribí en un mes y medio. Un capítulo, es decir, diez sonetos por semana. 



¿Cómo fue trabajar con Jorge González, el ilustrador?

Cuando terminaba un capítulo se lo mandaba y él me enviaba de vuelta las ilustraciones que iban para cada soneto. No lo podía creer, me provocaba y me sigue provocando un estado de euforia mirar sus ilustraciones porque es como ver más allá de las palabras que vos escribiste. El laburo de Jorge González le subió la apuesta a las imágenes que de por sí la historia ofrecía, le dio rareza a lo que ya era raro. Lo bueno es que sus imágenes no se pisan con las imágenes que despiertan la lectura.


A raíz de esta novela, como de algunos de tus libros publicados anteriormente, además del viaje y la transformación, pareciera que tus historias no pueden transcurrir en espacios netamente urbanos, ¿no?

Sí, es raro eso, yo me pregunto qué me pasa espacialmente en la narrativa. Me doy cuenta de que en casi todo lo que escribo hay una transición de un lugar a otro. Casi siempre la ciudad aparece como algo cerrado, medio claustrofóbico y yo creo que tiene que ver con una experiencia personal. Me crié en un departamento hasta que a los once o doce años empecé a ir a Entre Ríos y me explotó la cabeza. De repente me iba con unos gauchos medios antiguos a carnear una vaca muerta en el medio del campo. Fue una conexión con lo material, con los ciclos de vida y muerte, con la naturaleza… meterte de golpe en un mundo más auténtico, primitivo, sagrado, animal. Para mí fue muy fuerte ese paso y me gusta que a mis personajes les pase algo parecido.


MERCEDES CABRERA

Columna en radio sobre El gran surubí

Columna en radio Nacional Rock, por Gabriela Borrelli, sobre El gran surubí y los Pornosonetos. Duración 15 minutos.

El arte de Pedro Mairal y la magia

por Gonzalo Garcés

Martín Fierro sufre porque lo reclutan en el ejército y lo separan de su familia. Juan Salvo sufre porque lo reclutan en el ejército y lo separan de su familia. Ramón Paz, el protagonista de El gran surubí, la novela de Pedro Mairal, debe ser el primer recluta en la literatura argentina que no extraña a su familia. Al revés: cuando los militares lo reclutan para trabajar en un barco pesquero, Paz piensa que la cosa tiene al menos una ventaja. Les anuncian que en el barco habrá sólo hombres. Paz (quizá sea el momento de advertir que El gran surubí está escrito en sonetos) piensa: “Están quedando atrás tus padeceres / estás entrando a un mundo sin mujeres”. Paz está en trance de divorciarse. Y “la monstrua quería sangre quería plata”. Piensa en matarse. Cuando lo reclutan a la fuerza, Paz vive un tiempo en el barco, donde todos padecen hambre y frío, fornican entre ellos y tratan de atrapar a un surubí gigante. Al final, aferrado al surubí, Paz logra fugarse. Termina por encontrar, como soñaba al principio, la muerte entre los sauces. Todo pasa como en esas pesadillas donde, junto con el miedo, hay otra emoción, algo triunfal, como si esas cosas terribles que pasan hubieran estado anunciadas, y esa sensación de haber estado antes ahí, ese destino previsto que se cumple, por algún motivo nos revindicara. Me parece que en esto hay un truco de magia que fue ejecutado unas pocas veces por artistas ilustres y que Mairal, como buen mago, presenta de una manera tan personal que parece haberlo inventado. El truco consiste en un juego con lo pequeño y con lo grande. Con lo íntimo y con lo público. Con lo cotidiano y con la alucinación. Borges, en “El Aleph”, cuenta cómo encontró, en el sótano de la casa donde vivió una tilinga que nunca le hizo caso, un punto en el que están concentradas todas las cosas del universo, vistas desde todos los ángulos. Ve un astrolabio persa, ve todos los espejos de la tierra y ninguno lo refleja, ve la reliquia deliciosa de lo que atrozmente había sido Beatriz Viterbo (o era al revés, no me acuerdo), ve muchas cositas adentro de otras cosas que son simultáneas o incesantes (y abre a veces un paréntesis como éste para variar el ritmo), ve adentro del Aleph a otro Aleph. Y entonces siente algo curioso: siente “infinita veneración, infinita lástima”. ¿Por qué veneración y lástima? Volvemos al comienzo: ahí Borges mira fotos de Beatriz. Beatriz de perfil. De frente. Es un inconsolable que busca todas las imágenes de su tilinga, vista desde todos los ángulos. Ahí está el primer Aleph, el Aleph íntimo. Es la trampa que tiende el cuento: nos quedamos con esa emoción y cuando más tarde llega el Aleph alucinatorio, le seguimos prestando la veneración y la lástima, aunque no nos demos cuenta del porqué. Así procede Mairal. El viaje de Paz es su Aleph. Puede ser que cada duelo contenga el germen de una revelación. Estamos en la lona y algo nos dice que en el centro de ese dolor hay un estado superior de la conciencia, un viaje hacia una verdad que no es accesible para los sanos. Paz está destrozado por el divorcio y se entretiene con un juego de varones solos. Podríamos proponer una lectura en la que la parte “real” de la novela termina ahí: lo que sigue, la vida entre hombres en el barco, el sexo entre compañeros, el largo viaje hasta el centro de sus deseos, es la amplificación, la alucinación, el Aleph. Pero pasa algo más. Y acá el otro mago que asoma en el horizonte es Arlt.

Empezamos por alucinar lo que nuestro dolor necesitaba para aliviarse, pero la alucinación no se limita a cumplir nuestros deseos; se desboca y trae elementos extraños. Trae profecías sobre el país y los tiempos que vienen. En Los siete locos, Erdosain es un humillado. Su mujer lo dejó por otro. Alucina un encuentro con un hombre sin testículos, como él, pero que es una versión mejorada: carismático, maquiavélico, con planes para la humanidad. Su alucinación abre un espacio de posibilidad y en ese espacio se cuela el fascismo. También El gran surubí abre un espacio que la política viene a llenar: en la alucinación de Paz cabe un país acosado por la escasez, por la incompetencia, por el autoritarismo. Un país que puede parecerse, o no, a la Argentina actual. No sé cómo se leerá El gran surubí dentro de veinte años, pero es probable que cause bastante lástima y una cuota considerable de veneración.

Revista Ñ, 19 de julio de 2013