La literatura después de la pantalla

Texto presentado en el Salón del Libro de Belo Horizonte, 2001 (versión en portugués), y publicado en forma parcial en la revista El Amante Cine.


por Pedro Mairal

La Era Televisiva

Estamos viviendo -quién sabe hasta cuándo- dentro de la Era Televisiva. Cuando Colón pisó América en 1492, el mundo dejó de ser una tortuga sobre cuatro elefantes y pasó a tener forma de esfera. De la misma manera, cuando Neil Armstrong pisó la Luna en 1969, la tierra dejó de ser una esfera y pasó a ser un cubo, con forma de televisor. Millones de personas vieron por TV a los primeros astronautas caminar por la superficie lunar y en ese preciso instante comenzó todo este síndrome televisivo que hoy está en su momento de mayor expansión. La humanidad se quedó sentada en esa misma posición durante más de treinta años, y ahí sigue, desilusionada, con el control remoto en la mano y con la sensación de haberle encontrado el borde al universo.

Después de la llegada de la expedición de Colón a América, los europeos experimentaron cómo el universo que conocían se ampliaba hasta duplicarse; la civilización occidental había descubierto un Nuevo Mundo. Como todos sabemos, años después, desde ese Nuevo Mundo, los descendientes de aquellos europeos lanzaron la Apolo 11 hacia la Luna y descubrieron que no había nada allí, ningún otro mundo que pudiera llamarse nuevo, sólo una superficie muerta, inhabitable.

Indudablemente, la emisión televisada de la llegada del hombre a la Luna causó una depresión masiva que fue lenta pero implacable. A partir de ese momento se tuvo la sensación de que no había nada ya por descubrir en el universo. El desierto de cenizas de la Luna no parecía un lugar propicio para emigrar si el planeta llegaba a destruirse con una guerra nuclear. De todos modos podríamos decir que la llegada del hombre a la Luna no fue en vano porque provocó el descubrimiento de otro Nuevo Mundo: la TV. La realidad, la vieja realidad, la realidad tangible, termina en la Luna, ahí donde los astronautas le encontraron el borde al universo. Pero nuestro Nuevo Mundo empieza en la pantalla, desde ahí se amplía, se multiplica, se renueva constantemente nuestra realidad virtual.

La Generación Televisiva

Centrándome, ahora, en lo literario, podría plantear un par de preguntas: ¿cómo escribe una persona que tiene más horas vividas frente al televisor que frente a un libro? ¿Qué le hace la TV a los escritores? Voy a generalizar, a riesgo de equivocarme al convertir mis secuelas televisivas personales en aspectos compartidos por toda una generación.

Hasta el siglo XX el arte tomó sus imágenes y sus mitos del mundo agrario, de las estaciones y los ciclos naturales de nacimiento y muerte. Por ejemplo, el imaginario cósmico llegó hasta Neruda con toda su fuerza (“quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos”). Los poetas y narradores acudían entonces a la naturaleza para realizar sus comparaciones y metáforas. Pero luego, con la llegada del Pop Art, el imaginario deja de ser cósmico y pasa a abrevar en la cultura de masas.

En algunos casos, la iconografía comienza a volverse televisiva. Por ejemplo, antes un autor podría haber hecho la siguiente comparación: el personaje tenía el pelo oscuro, un poco largo y enmarañado como las crines de un caballo negro y salvaje. El autor recurría a esa imagen de la naturaleza para crear una identificación en los lectores que sin duda habían visto de cerca un caballo alguna vez. Hoy en día, en cambio, un autor que haya pasado su infancia frente al televisor, podría decir que el personaje tiene el pelo oscuro, un poco largo y enmarañado como un héroe de dibujo animado japonés. Actualmente serán más los lectores que puedan identificarse con el dibujo animado que con el caballo. Es decir, se apela cada vez más al acervo de imágenes compartidas colectivamente en la experiencia televisiva y mediática, y cada vez menos al acervo de imágenes de la naturaleza. We are such stuff as TV is made on (Somos la materia de la que está hecha la televisión).

Por otro lado, todo escritor nacido después de 1960 vio y aprendió montaje de cine a lo largo de toda su experiencia de televidente. Eso, probablemente, haga que su narrativa sea distinta, tal vez más visual, más vertiginosa y ágil, por tener ya incorporada una velocidad, un modo de escribir en fragmentos, con una preponderancia de la acción. En cuanto a la poesía, suele encontrarse una estética de videoclip en los poemas, un surrealismo alienado, al estilo MTV, con una sucesión de imágenes oníricas que probablemente la poesía surrealista, simbolista y beat contagió a las letras de rock y que, a su vez, los rockeros trasladaron luego a sus videoclips.

Alguna vez la literatura influyó sobre el cine (pienso en escritores como Faulkner y Fitzgerald escribiendo guiones) y luego las películas influyeron sobre la TV. Ahora, para bien o para mal, la serpiente de los contadores de historias parece haberse mordido la cola, porque la televisión está influyendo sobre la literatura.

El zapping borgeano

En su cuento tal vez más conocido, Borges (su personaje) encuentra, en el sótano de una casa de la calle Garay, un Aleph, una pequeña esfera brillante que contiene el universo. El infinito, la totalidad del espacio cósmico, puede verse en esa esfera, en simultáneo. Al transformar el Aleph en lenguaje, al recurrir a la enumeración caótica de imágenes, Borges se convierte, sin saberlo, en el precursor de la descripción de lo que es hacer zapping. Dice: “Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres)...” (es interesante recordar que Borges se estaba quedando ciego cuando escribió este cuento que puede ser leído como una elegía al sentido de la vista). Siempre me pareció que las enumeraciones de este cuento tienen algo del zapping que hacemos, ya entrada la madrugada, a la altura de los canales de documentales (“vi un cáncer en el pecho, (...) vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa...”) Si hacemos el experimento de describir lo que vimos luego de unas horas de TV, tendremos como resultado una enumeración no muy borgeana en lo lírico pero sí en lo caótico. Hoy en día todos tenemos enchufado en nuestros hogares un Aleph de 24 pulgadas, un Aleph doméstico y catódico, que nos muestra el universo.

Además de ser un precursor del zapping verbal (me hago cargo del carácter herético de estas apreciaciones), Borges es el primero en documentar la experiencia del tedio televisivo. Cuando sale de ver el Aleph, Borges siente lo que todos sentimos después de haber visto varias horas seguidas de TV: “Temí que no quedara una sola cosa capaz de sorprenderme...”

La literatura involuntaria

Un amigo médico me explicó que, cuando leemos, los movimientos oculares son voluntarios, en cambio, cuando miramos TV, los movimientos oculares son involuntarios. Al parecer, los mamíferos miramos involuntariamente hacia el movimiento, el ruido y el color. Sin duda, la TV se puede resumir en esas tres cosas.

A veces intento invertir estas cualidades y me propongo ver televisión del un modo más voluntario y escribir historias que se puedan leer de un modo menos voluntario. Es decir, a veces intento leer la TV, tener una actitud menos pasiva frente a la pantalla. Intento ver televisión como lo hacía mi abuela cuando armaba sus propias historias con los fragmentos que le dejaba mi zapping.

Por otro lado, cuando me refiero a lograr una literatura menos voluntaria, me refiero a que el lector se olvide de que está leyendo, que la historia lo atrape con esas cosas que atrapan al ojo del mamífero: movimiento, ruido y color. El movimiento se podría traducir en acción, es decir, pegarle una buena patada al héroe literario y sacarlo a la calle para que viva sus historias y deje de regodearse con su inmovilidad depresiva de monólogo interior. El ruido se podría traducir en sonido, en un cuidado por la palabra, una densidad poética de la palabra. Que la escritura tenga resonancia. Y, por último, el color, que podría traducirse en sensualidad, no como erotismo sino como el uso de los cinco sentidos en la escritura para reproducir la experiencia vital.

La musa aspiradora

Esa propuesta tiene su riesgo. Es difícil hoy en día no ser fagocitado por la musa aspiradora de los medios audiovisuales. Digámoslo al modo de Martín Fierro: toda historia que camina va a parar al proyector. El cine y la TV todo se lo tragan con la convicción implacable de que una historia tiene un mayor grado de existencia cuando es imagen que cuando es palabra. Esto resulta inaceptable para un escritor, pero para la mayoría de la gente es así, porque es mucha más la gente que va al cine que la que lee.

La gran devoradora es la máquina-Holywood, la gran contadora de historias, la fábrica donde se producen la mayoría de las historias que consume la gente. Hay una página de Lampedusa, transcripta por David Gilmour en su biografía, donde el autor de "El Gatopardo" parece estar hablando de este fenómeno, y sin embargo se refiere a la ópera en Italia en el siglo XIX. Voy a leerla y les pido que cuando escuchen la palabra "ópera", la reemplacen mentalmente por "cine").

La infección comenzó inmediatamente después de la guerra napoleónica. Y se extendió con paso de gigante. En cientos de años en todas las grandes ciudades durante ocho meses al año, y en las ciudades pequeñas durante cuatro, y en los pequeños centros durante dos o tres semanas, miles, decenas de miles, cientos de miles de italianos fueron a la ópera. Y vieron tiranos asesinados, amantes suicidas, bufones magnánimos, monjas multíparas y toda clase de estupideces puestas ante sus ojos, en un remolino de botas de cartón, pollos asados de escayola, prime donne con la cara ahumada y diablos que salían del suelo haciendo muecas horribles. Todo esto sintetizado, sin pasajes psicológicos, sin desarrollo, todo desnudo, crudo, brutal e irrefutable.

Y esta estupidez insondable no pasaba por ser una diversión vulgar, una distracción excusable de analfabetos holgazanes: se hacía pasar por arte, por auténtico arte, y, ¡horror!, a veces lo era de verdad. El cáncer absorbió toda la energía artística de la nación: la "música" era la ópera; el drama era la ópera; la pintura era la ópera. Y las otras músicas, la sinfónica, la de cámara, se corrompieron y murieron; la Italia del XIX se vio privada de todo; el drama, que no podía con su lento desarrollo resistir las olas de los "do de pecho", también murió. Los pintores descuidaron sus nobles telas para lanzarse de cabeza a diseñar las prisiones de Don Carlos o los bosques sagrados de Norma.

Cuando disminuyó la manía por la ópera después de 1910, la vida intelectual italiana era como un campo por el que hubieran pasado las langostas cientos de años seguidos. Los italianos ya se habían acostumbrado a citar como verdades evangélicas los versos de Francesco María Piave y Cammarano, a pensar que Enrico Caruso y Adelina Patti eran la flor y nata de la raza, y a creer que la guerra era como el coro de Norma. La influencia de todo esto en el carácter nacional la tenemos ante nosotros. El arte tenía que ser fácil y la música cantable. El drama consistía en duelos de capa y espada aderezados con trinos musicales. Lo que no era simple, violento, y no estaba al alcance tanto del profesor como del basurero, iba más allá de lo permitido.

Pero aún había cosas peores. Saturados y con la cabeza llena de tantas tonterías, los italianos estaban convencidos, seguramente, de que lo conocían todo. ¿No iban casi todas las noches que Dios les concedía a escuchar a Shakespeare, a Schiller, a Victor Hugo y a Goethe? El señor Gattoni de Milán o el caballero Pantisi de Palermo estaban convencidos de que se les había revelado la literatura universal, porque conocían a los poetas susodichos habiéndolos sentido por medio de las notas de Verdi y de Gounod... Así que ahora somos la nación menos interesada en la literatura que existe, harta (o eso parece) de ópera, pero mal preparada para escuchar otra cosa.
(David Gilmour, Vida de Giuseppe di Lampedusa, Siruela, Madird, 1994, págs 115,116.)


Un sueño sugerido

Personalmente, tengo el privilegio de haber sido fagocitado por la musa aspiradora del cine, el enorme privilegio de ser uno de esos autores disconformes con la adaptación cinematográfica de su novela. Me resulta imposible hablar con objetividad sobre ese tema, porque en segundos paso del humilde agradecimiento a la soberbia del autor que se siente traicionado. Pierdo el juicio, me burlo del cine diciendo que es un arte menor que tiene apenas 100 años de vida al lado de los 3000 años que tiene la literatura; digo que la literatura es al cine lo que el erotismo es a la pornografía; digo que la película de mi novela es la versión para analfabetos, etc, etc. Lo cierto es que a mi novela la leyeron alrededor de 40 mil personas, y la película la vieron 250 mil personas en cine, solo en la Argentina, sin contar el video y los otros países donde se exhibe actualmente. Imposible competir contra eso. No nos corresponde a los escritores competir contra los medios masivos. Ni el mismo Shakespeare podía competir en su época contra las luchas de osos que se hacían a pocas cuadras del teatro.

Pero creo que la literatura y el cine no compiten, más bien se retroalimentan el uno al otro, y establecen una enriquecedora relación de conflicto. En el caso de las adaptaciones cinematográficas de novelas, las relaciones siempre han sido tormentosas, y han dejado algunas películas buenas y un reguero de odios, enemistades, desencuentros, novelas traicionadas y films insoportables repletos de voces en off.

En mi caso, mi novela “Una noche con Sabrina Love” fue llevada al cine apenas un año después de publicada. Parece que la historia les llamó la atención a los productores cinematográficos. La historia es simple, consiste en el viaje de un adolescente de provincia que gana un sorteo televisivo para pasar una noche con una actriz porno en la Capital. El personaje se llama Daniel Montero y vive en un pueblo que está aislado por una inundación. Vive con su abuela, y mira en la tele cada noche el "El Show de Sabrina Love", una porno-star totémica que sortea una noche con ella a fin de año. La novela comienza cuando Daniel mira el sorteo por tv y gana, entonces tiene que viajar a la Capital, sin dinero, a dedo, atravesando la inundación y otros tantos obstáculos del camino, para pasar una sola noche de sexo con Sabrina Love. Por medio de esta historia quise mostrar la distancia que mediaba entre la Sabrina Love de la pantalla y la de carne y hueso. La distancia que existe en la Argentina entre el glamour televisivo de la Capital y el barro pobre del interior del país. La novela es un viaje iniciático a través de la enorme distancia que separa esas dos realidades.

¿Pero qué pasó que la novela fue traducida a imágenes tan rápido, como si no se aguantaran las ganas de filmarla? De hecho, hubo varias ofertas, diversas productoras cinematográficas se disputaron la novela. Supongo que la culpa es mía por pertenecer a la generación televisiva, por mis horas de tv frente a tantas películas clase B, por mis lecturas de Hemingway y su estilo “show, not tell” (mostrar, no explicar), por mi uso de los diálogos y la preferencia por la acción, por mi intención de escribir como reproduciendo la experiencia vital, por mi confianza en el lector a quien dejo completar los huecos que dejo en la narración.

Antes de la película, yo sentía que la novela estaba viva, latiendo, la gente la leía y la imaginaba (“como si me hubiera pasado a mí” me decían); la historia vibraba, se convertía en lo que cada lector imaginaba, se abría en la cabeza de cada uno; el viaje, la ruta, el impulso del personaje sucedían en la intimidad de sus mentes. Pero los cineastas no se aguantaban, no se conformaban con eso; los cineastas no se conforman con la imaginación, al igual que los cazadores no se conforman con la imagen del animal. Tenían que atrapar la novela, cristalizarla, volverla "real"; parecía estar tan cerca, era tan visual, tan fácil de imaginar, que la espera por empujarla de una vez hacia la imagen parecía intolerable, y cada productor quería ser él quien impusiera su versión. Porque un film es la imposición de la imaginación de una sola persona; una novela es la libertad de la imaginación de muchas. La literatura es un sueño sugerido. El cine es un sueño impuesto.

Otra vez perdí el juicio. Lo lamento. Amo el cine. Debo decirlo. Nunca se podrá reproducir con palabras la belleza de Catherine Denueve cuando cae de un bofetazo en su cama de prostituta en Belle du jour, la película que más me gusta de Buñuel. Nunca podrá escribirse un final más triste que el de Midnight Cowboy, cuando Ratso muere vestido de palmeras en el ómnibus que lo lleva a Miami. No se puede hacer con palabras un final tan visual y emotivo como la sucesión de besos en Cinema Paradiso. Imposible describir un duelo de espadas tan estético y onírico como el que muestra Hidden Dragon, Crouching tiger, en el espacio verde de los cañaverales.

El cine presta pero no regala

Con todo lo que me pasó, no logro diferenciar dónde empieza lo literario y dónde lo cinematográfico. No logro ordenar todo este intercambio, esta fusión, entre la palabra y la imagen. Digamos que la idea básica para "Una noche con Sabrina Love" se me ocurrió mientras miraba por tv a una hermosa señorita sorteando viajes al Caribe. Recuerdo que en un momento pensé: cuánto mejor sería si sorteara una noche con ella. Es decir que la semilla inicial de la novela salió de la pantalla.

Después hice crecer la historia, la escribí. Me alegré de haberle sacado algo a la tv, me alegré de haber podido crear algo a partir de la cantidad de horas de tv basura que había consumido en mi vida. Pero después la pantalla me pidió la historia de vuelta cuando fue llevada al cine. El regalo de la idea había sido sólo un préstamo.

Este entrecruzamiento se siguió dando de distintas maneras. La novela fue leída desde lo cinematográfico, se la comparó con una road movie, etc. Y, a su vez, la película fue criticada desde lo literario. Fue vista en comparación con la novela, lo cual le vino muy mal, porque la novela estaba fresca aún en la cabeza de los críticos que se esmeraron en denostar el film. Pero, me pregunto, ¿es lícito criticar a una película desde la novela que fue su punto de partida? ¿No tendría que ser analizada en forma independiente?

Otro cruce extraño: poco tiempo después de publicada la novela, en el canal Venus, un canal codificado para adultos, apareció por primera vez una mujer que presentaba las películas, su nombre: Bárbara Love. Dudo que haya sido una coincidencia y me alegra haber inspirado en algo a la televisión argentina.

Rancho satelital

He visto en distintos países de Latinoamérica casas muy precarias, casa frágiles de adobe o de chapa, con una antena satelital amurada a su costado, como un parásito extraterrestre. Uno se pregunta ¿cómo se verá la televisión allí adentro?, ¿cómo es el zapping de esa gente?, ¿cómo se interpretará en esa pobreza la información que envía la televisión?, ¿qué sueños y deseos se vuelcan en ese nuevo mundo de la pantalla?, ¿qué gana y qué pierde esa gente? Eso es algo sobre lo que me interesa escribir. Me interesa dar cuenta de la invasión de los medios hasta en el rincón más desolado y perdido del mundo.

Voy a leer una sola página de mi novela, un pequeño episodio que sucede a un costado de la ruta durante el viaje de Daniel a la Capital:


(Daniel) Se fue acercando a una luz. De lejos notó que era un televisor. Junto a una casilla improvisada a un costado de la ruta había un puesto de sandías, miel, huevos y queso de campo. Lo atendía una mujer vieja de rostro guaraní con un sombrero de paja, que miraba de costado el televisor, sentada bajo un toldo de arpilleras raídas. Daniel saludó.
-¿Gusta algo? -preguntó la vieja.
-No gracias, voy de paso.
Ambos volvieron la vista al televisor. Los cascarudos revoloteaban alrededor de la luz intermitente, se pegaban a la pantalla y caminaban sobre la cara de la conductora del programa de entretenimientos. (...) El color estaba demasiado fuerte. Daniel le dijo:
-¿No quiere sacarle un poco de color?
-¿El qué?
-El color -dijo Daniel y le acomodó la perilla hasta normalizar los colores.
-No -dijo la vieja-, póngalo como estaba que mi hijo capaz que se enoja. Yo no le sé los botones. Él me lo enciende de mañana y lo apaga de noche cuando me viene a buscar.
Daniel le volvió a subir los colores. Comprendió que la mujer lo prefería así, cuanto más saturada estuviera la imagen de color, más le gustaba.
-¿Y no cambia nunca de canal? -preguntó Daniel.
-No.
-¿Y no quiere que le enseñe?
-No -dijo la vieja-, así no más está bien.
Daniel se acordó de cuando miraba televisión con su abuela. Él cambiaba tan seguido de canal, que ella mezclaba los hilos narrativos de las distintas películas y tejía su propia historia que tenía la virtud de ser siempre feliz, porque cuando después de un rato de estar frente a la pantalla, aparecía una escena de risas o abrazos o declaraciones de amor, ella se levantaba y decía “Qué lindo como terminó”, dejándolo a Daniel perplejo, preguntándose cómo habría sido la historia que había armado su abuela.
Se despidió de la vieja y se internó de nuevo en esa oscuridad que parecía estar fuera del mundo.
(Una noche con Sabrina Love, página 46, Anagrama, Barcelona, 2001)



El hombre invisible

Un periodista me preguntó hace poco si con la adaptación de mi novela al cine se me había cumplido un sueño. Le dije que no, le dije que si mi sueño fuera ver mis historias llevadas al cine, me dedicaría a escribir guiones. No me creyó. A la gente le cuesta creer que uno prefiera las palabras, que uno prefiera la invisibilidad. Nunca me sentí más invisible que el día de la avant premiere del film basado en mi novela. Mis personajes se fueron corporizando, emanando de mis palabras a medida que yo me transparentaba. Sabrina Love (encarnada por la actriz Cecilia Roth) aparecía en los afiches de la calle, en la tapa de la nueva edición de mi libro, después daba notas en la entrada del cine y a mí nadie me saludaba, después aparecía gigante en la pantalla diciendo cosas que yo no le había hecho decir, saliéndose de mi historia, viviendo nuevas situaciones fuera de mi novela, porque ya no me necesitaba, vivía por su cuenta, y poco le faltaba para decir que había soñado una cosa ridícula, que había soñado que era el personaje de una novela de un autor ignoto, poco faltó para que dijera eso y yo terminara transparentándome en la butaca hasta desaparecer.

Buenos Aires, agosto de 2001